La mayoría de negocios y startups se diseñan siguiendo el pensamiento mecanicista tradicional de los últimos dos siglos.

Este planteamiento asume que el negocio funciona como un mecanismo en el que una pieza engrana después de la otra: desde la captación de clientes hasta la obtención del beneficio. El problema: esto hace ya años que está obsoleto.

El cambio está a la vista de todos. Nada que no funcione como una red puede crecer más allá de cierto tamaño. Y ese umbral de tamaño cada vez es más reducido porque grandes jugadores como Amazon o Google ya imponen su propia dinámica a la sociedad.

Casi todas las grandes corporaciones tienen esa estructura “mecánica” obsoleta. Pero sobreviven gracias a privilegios legales y financieros con los que parasitan al resto de la sociedad. Estos privilegios también están condenados a desaparecer.

En un mundo de competencia creciente y rendimientos decrecientes, para la mayoría invertir tiempo y dinero en cerrar ventas concretas es garantía de ruina a largo plazo.

Los profesionales son los más expuestos, pero también otros negocios. Todos ellos invierten sus recursos más limitados: tiempo y capital a cambio de conseguir un poco de dinero en cada transacción.

La alternativa es invertir una buena parte de ese esfuerzo en crear capital, en la forma de una plataforma tecnológica. Solo con tecnología puedes capturar y conservar una parte del valor que generas para ti, en lugar de que todo se lo lleve tu cliente.

Los recursos limitados se deben invertir en tecnología que permita tres cosas: generar valor para los participantes, escalar en red, y convertir transacciones en dinero.

Si no puedes o no sabes hacerlo solo puedes asociarte a otros negocios o profesionales del mismo sector. Su principal problema es el mismo que el tuyo: cómo no ser devorados por un sistema que ha cambiado.