Algunos proclaman que estamos a punto de crear inteligencia artificial que permitirá que las máquinas se hagan cargo de todo. Otros están aterrorizados con la posibilidad de que los humanos queden obsoletos.

Pero el término ‘inteligencia artificial’ (IA) debería ser abandonado. Cuando se cree realmente IA no tendrá nada de artificial. Y no hay razón especial alguna para que seamos capaces de reconocerla o entenderla.

Tendemos a asumir que otras inteligencias tendrán un lenguaje secuencial, lineal, como el nuestro. Pero la realidad puede ser muy diferente, y resultar irreconocible.

Y no hace falta recurrir a la ciencia-ficción: basta con comprobar nuestro fracaso para entendernos con otras especies inteligentes como elefantes, delfines o ballenas. Lo hacemos en nuestros términos, no en los suyos. Y eso a pesar de décadas de estudio.

Los gusanos más sencillos tienen un cerebro idéntico de 300 neuronas. Este ‘conectoma’ ha sido mapeado por completo, y sin embargo el comportamiento más básico de estas criaturas apenas se entiende, y mucho menos se puede predecir.

Hace unos días ha aparecido publicado un estudio donde se demuestra que para simular una sola neurona biológica es necesario una red neuronal artificial de al menos 7 niveles. Y eso sin entrar en el esfuerzo y técnicas necesarias de aprendizaje.

El cerebro humano tiene en torno a 100.000 millones de neuronas. Y tampoco está claro que parte de la inteligencia reside sólo en el cerebro, y qué parte en el resto de todas las células del cuerpo.

Faltan muchísimos años para poder hablar de igual a igual con una máquina. O para que ésta pueda llegar a tomar decisiones conscientes. Y hay motivos para pensar que eso nunca llegue a ocurrir. 

La tecnología no es responsable de la desaparición de millones de puestos de trabajo. Las políticas económicas, educativas y de salud sí lo son. Son nuestros demonios de siempre los que vienen a por nosotros, no las máquinas.