El oro y la plata no se usaban porque fuera raros o valiosos en si mismos: hay muchas cosas más raras que el oro. Se hicieron valiosos porque se usaban como dinero. Y se podía usar como dinero porque era conveniente: se podía transportar, fraccionar, contar, etc.

Los metales preciosos eran un símbolo del poder de alguien, o de un reino. Incluso te lo podías poner encima para mostrar riqueza y poder, lo que también lo convertía en un símbolo. Actualmente hacerte ropa con billetes de 500€ sería considerado de mal gusto, pero las cosas que se consideran elegantes cuestan muchos billetes de 500€. La simbología se ha desplazado del oro a otros objetos.

Carlomagno sacó a Europa por primera vez del estándar del oro, y empezó la era de las divisas fiat basadas en plata. Este paso fue muy importante porque es el verdadero origen del capitalismo. El capital podía ser acumulado, y prestado con nada más que una firma garantizando el pago en algún punto del futuro o sencillamente omitirlo. Esto dio lugar al concepto de Interés Compuesto (que es la base de la usura).

En el Siglo XVI los primeros bancos guardaban tu oro y emitían recibos en papel con los que la gente podría viajar, apuntando las transacciones en sus libros de cuentas (los “ledger”). Este sistema funcionaba sólo usando el mismo banco. Pero con el tiempo la necesidad de hacer y registrar pagos entre bancos hizo necesaria la emergencia de un banco de liquidaciones que llevara las cuentas.

Aunque ya no usamos oro, los sistemas de pago modernos se basan en el mismo principio. Cuando pagas de cualquier forma, los fondos viajan por multitud de canales pero necesariamente terminan siendo liquidados en un banco.

Una sociedad iletrada dió con formas de comerciar basándose en ‘la palabra’ de cada uno, y el crédito a que daba lugar. Funcionaba en base a la equivalencia y el crédito.

El sistema de Carlomagno duró 500 años, hasta que los españoles inundaron Europa de oro y plata y crearon la primera divisa mundial, con valor intrínseco en plata: el Real de a Ocho.